!!Por mamilón!! Al bote hombre por dejar que le planche la ropa su abuelita


 

El guardia civil del aeropuerto de Barajas (Madrid) que abrió la maleta del médico panameño Juan Enoc Rodríguez Lizondro en la sala de aduanas percibió un aroma extraño en sus ropas, meticulosamente dobladas y agrupadas en bolsas herméticas.

-Huele raro, ¿qué tienen?

-No sé. Vivo con mi abuelita. Ella me plancha la ropa con almidón y luego la mete en cajones con bolitas de alcanfor para repeler a las polillas, quizá sea eso.

-Vamos a verlo.

El agente tomó una de las prendas y la roció con un aerosol. De inmediato, adquirió una tonalidad azul. Lo mismo sucedió con otras 107. En total, 19 kilos de ropa quedaron tintadas. Eso quería decir, en principio, que habían sido impregnadas con cocaína. Es una de las formas de transporte de droga que usan los narcotraficantes. Diluyen la cocaína en agua, sumergen después las prendas y las secan antes de meterlas en la maleta. Una vez en el país de destino, introducen de nuevo la ropa en agua para que suelte toda la droga. Esta se decanta después con hidróxido de amonio, se filtra y se seca. El punto débil del sistema es que la ropa impregnada huele a cocaína. Un olor similar, al parecer, al que desprendían las prendas recién salidas de los cajones con bolitas de alcanfor de la abuelita de Juan Enoc Rodríguez.

En vano, el médico, de 34 años, devoto cristiano -Adventistas del Séptimo Día- que llegaba a Madrid becado por el Instituto de Salud Carlos III para asistir a un curso de tres meses, trató de explicar que no era narcotraficante ni mula; que era imposible que en su equipaje hubiera droga camuflada; que no bebía, fumaba, ni mucho menos se drogaba; que era un intachable médico de urgencias en Bugaba, un pequeño distrito de Panamá a ocho horas de la capital, y voluntario en su Iglesia. Ningún argumento sirvió frente al nítido azul del narcotest en 108 prendas de ropa.

El doctor Rodríguez fue detenido y encarcelado el 18 de septiembre de 2010. La fiscal solicitó prisión por tráfico de drogas -y el juez la decretó- porque consideró que la prueba del aerosol no podía haber fallado simultáneamente en 108 prendas. Pero lo hizo. La mala suerte de un falso positivo y lo mucho que tardó en llevarse a cabo el segundo y definitivo examen sobre sus prendas le mantuvieron 175 días en prisión.

La ropa fue enviada al laboratorio de la división de estupefacientes de la Agencia Española del Medicamento, la encargada de verificar que los resultados del narcotest eran ciertos. Casi seis meses después de la detención en Barajas, el segundo y más profundo examen determinó que no había ningún tipo de sustancia ilícita en las maletas del doctor panameño. Ni rastro de cocaína.

“Esa demora me arruinó la vida”, relata ahora por teléfono desde el centro de urgencias en el que trabaja. “Llegaba a España con toda mi ilusión y un gran proyecto y todo se convirtió en la peor de las pesadillas. Fue una de esas situaciones que salen en las películas y que no te crees. Verme de repente en un calabozo, rodeado de delincuentes con aspecto de matones… yo tenía la seguridad de que nadie había tocado mi maleta porque todo estaba tal y como lo había empacado, y sabía que no podía haber droga… pero de repente todo se puso azul como si la hubiera. Mis padres querían venir a visitarme y les dije que no lo hicieran. Me daba miedo que usaran algo en la ropa que diera positivo también y acabaran igual que yo. No entendía nada. En la cárcel sostuve que era inocente, pero todos se reían de mí, presos y funcionarios. Me decían: ‘Sí, sí, aquí en la cárcel nadie ha hecho nada, claro”. Sus fuertes convicciones religiosas le ayudaron, pero también le hicieron más complicado asumir lo que pasaba. “Doy charlas a los jóvenes para que no se droguen, hago mucha vida parroquial… ¿Cómo iba a hacer algo así?”.

En el informe final remitido al juzgado y fechado el 8 de marzo de 2011, aparecen las mismas iniciales junto a las referencias de cada una de las 108 prendas investigadas: ND [No se detecta sustancia alguna sometida a fiscalización]. El doctor venía a Madrid, tal y como llevaba asegurando durante seis largos meses, solo a estudiar. Alguna sustancia que usaba su abuela (el detergente, el almidón para planchar, o las bolitas de alcanfor usadas para proteger la ropa) contenía un elemento que reaccionaba ante el aerosol como si fuera cocaína.

La juez de instrucción de Plaza de Castilla Raimunda de Peñafort, que no había sido quien le había encarcelado, lo puso en libertad de inmediato. Pero para ese momento había perdido la oportunidad de hacer el prestigioso curso de salud y el dinero de la beca; se vio obligado a decir a sus jefes del centro de salud en Panamá -que solo le habían dado una excedencia de tres meses- que estaba encarcelado en España por presunto tráfico de drogas para que le ampliaran el permiso y no perdiera su trabajo; y tuvo que comunicar a sus padres y amigos que lo habían tomado por narcotraficante. Pasó encarcelado en un país desconocido la Navidad y el Año Nuevo. Cumplió 35 años en la prisión de Navalcarnero (Madrid).

“Los agentes del aeropuerto no tienen la culpa del fallo del narcotest, pero lo que no puedo entender es cómo el segundo informe tardó tanto y cómo a los fiscales y jueces no preocupó tener a alguien preso durante tanto tiempo con una prueba sin contrastar”, explica. Los letrados del doctor, Jaime Ingram y José Luis Mazón, acaban de presentar una reclamación de 280.000 euros por responsabilidad patrimonial del Estado. Él está pensando en pedir de nuevo la beca del Instituto Carlos III. Si lo hace, eso sí, su abuelita no volverá a usar almidón ni bolitas de alcanfor. Por si acaso.

Monica Ceberio, Joaquín Gil / El País

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